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La estufa de mi casa está en la mitad del pasillo distribuidor, justo enfrente del baño. Para mí que la que hizo los planos de este edificio era mujer. Es evidente. Solo las féminas pasamos eternos minutos calentándonos el culo en la estufa y también, solo nosotras, tendemos al vicio narcisista de mirarnos al espejo durante horas. Sí, ya sé que en esta era —en el siglo xxi— hay mucho hombre que se depila las cejas y usa cremas antiarrugas; pero el tema del espejo es otra cosa para nosotras. Y me animo a hablar en plural porque conozco a muchas mujeres que hacen lo mismo que yo.

En mi caso, no sé bien cuándo comencé a ejercer el hábito de ver mi reflejo, pero tengo recuerdos muy lejanos de mirarme y pensar de qué lado me veía el resto del mundo, que esa raya en el pelo que yo hacía del lado derecho, siempre quedaba a la izquierda de los ojos del otro… Y también recuerdo la expresión de mis ojos cuando el cepillo de dientes, a modo de micrófono, se acercaba a mi boca para imitar, por dar un ejemplo, a Rosario Flores. Actualmente sigo cantando frente a mi cara. Practico gestos para fotos. Pruebo lápices labiales. Y disfruto de ver a mi viejo en ese gesto de la ceja levantada, ese gesto que a él le salía a voluntad y a mí solo me sucede cuando me despierto, en la primera lavada de dientes del día. Uso el espejo para practicar sonrisas e, incluso, para ver la cara que pongo cuando actúo lo que le diría a algún otro que imagino escondido detrás de mi imagen. Entienden, ¿verdad? Ese momento mágico en el que miramos al “otro” a los ojos y le confesamos todo aquello que jamás le diremos cara a cara. O sí. Pero nunca nos saldrá tan bien como frente al botiquín de nuestro baño.

Por estos días el invierno está mostrando su fuerza. Yo tengo frío y tengo mucho por decir. Así que celebro esta suerte de que, en mi casa, el culo calentito y el acto narcisista del espejo estén alineados. Yo sí que soy afortunada, eh.

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