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“Estás china”, me dijo. Y sonrió.

Acababa de sonar mi despertador y estaba fresco. Era muy temprano para mi sueño y mi cara quería denunciarlo. Tenía los ojos chinos pero yo no lo sabía, no podía verme. Lo supe porque él me lo dijo, porque él me miraba. ¿Es lícito esto de saber cosas de uno por lo que el otro dice? Parece que sí porque yo le creí y me supe oriental: si hasta veía mal de tan achinada que estaba. Recuerdo que le sonreí y repté por la cama grande sintiendo el frío de la sábana sobre mi panza desnuda. Mis ojos chinos y mi sonrisa grande llegaron hasta su cara para besarlo. Yo me apoyaba sobre mis codos, él tenía toda la espalda sobre el colchón y su cabeza sobre la doble almohada que siempre usaba. Me abrazó con el brazo izquierdo cuando terminamos de besarnos y yo apoyé mi mejilla —izquierda también— sobre su pecho calentito. No recuerdo qué hizo con su mano (tan grande ella), pero la puedo sentir sobre mi cintura como si todavía estuviera ahí. Estaba china esa mañana. Lo estaba porque él me miraba.

(Adelanto del libro Amores recortados).

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