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Conozco este miedo, sé cómo huele, sé cómo se me pone el pecho cuando él llega. Siempre, antes de instalarse en mí, me da un aviso de llegada. Lo hizo esta mañana cuando me puse a llorar sin motivo aparente. No fue un llanto de ruidos, cara arrugada y mocos, no. Fue el formato tranquilo, ese en el que los ojos se llenan de lágrimas. Y lo desestimé. Suelo hacerlo, pienso que es hormonal, que ya se me va a pasar. Pero me equivoqué. Otra vez me equivoqué.

Pasaron horas desde el amanecer de hoy y en este instante en el que leo una novela de Claudia Piñeiro y pienso en los autores argentinos contemporáneos como para distraerme, en este momento en el que llueve en esta ciudad llamada La Paz, en Entre Ríos —que de pacífica no tiene nada— y un hombre, el mío, respira fuerte su siesta a mi lado, el miedo me invade. Juro que intenté hablarle, convencerlo para que se vaya, persuadirlo de que esta vez no iba a lograr acobardarme. Traté de explicarle a mi conciencia que no se deje amedrentar por él, que es como las tormentas que tanto me asustan, que más tarde o más temprano pasan y todo termina. Pero no hay caso, está parapetado en mí, me dice que este hombre que duerme a mi lado puede protegerme de las tormentas, pero no puede defenderme de él. Él. Artículo masculino que hoy se hace impersonal. No sé a quién hace referencia. ¿Habla de este hombre de 49 años que me trajo a esta ciudad? ¿Habla de los otros hombres que no supieron cuidarme de nada? ¿Habla de los hombres en general? No sé.

Corro al baño, al único lugar de esta casa que tiene un espejo, para mirarme, para ver al miedo y preguntarle quién es «él». Lo miro a mis ojos, de frente, sé que está ahí. El miedo calla. Hay cierta ironía perversa en su silencio, pero yo comienzo a desenredarlo, lo descubro. Yo sé quién me da miedo.

Abandono la ciudad que de paz no tiene nada en el horario de la siesta.

Foto: Leonardo Massazza.

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