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—¿Qué tengo que hacer?

—Taparte.

Y me besó. Primero en los labios. Después en la mejilla. Por último, en la frente. Mientras me tapaba él, claro. Yo lo dejé hacer. Me gusta que me cuide, tanto como me gusta cuidarlo.

Su despertador había sonado muy temprano, antes de las 7. Pero la cercanía a la primavera hace que a esa hora ya sea de día. Yo le pregunté qué tenía que hacer en relación a su casa: darle comida al gatito, cerrar con llave, cerrar alguna ventana… Pero él me miró a mí y lo único que me indicó fue que me cuidara. En esa línea también me preguntó si quería que baje la persiana. Él duerme sin cortinas, no le afecta la luz. Yo, en cambio, cuando me voy a dormir hago lo que Freud llamó “repliegue del yo”. Cierro todo herméticamente, apago las luces, desconecto los teléfonos. Pero él no. Y entiendo que dormir con él conlleva una negociación. Las típicas negociaciones de todo vínculo. ¿Qué más negociamos? ¿Qué hay —con él— de eso que una vieja terapeuta llamó “escala de negociación”? Ella decía, tan pragmática, que en todo vínculo hay tres escalas de convenio. En primer lugar, aquello que nos importa un pito ceder, por ejemplo, para mí: qué vamos a comer. Me encanta morfar, pero no soy exigente, salvo la polenta, todo me viene bien. En segundo lugar, la negociación propiamente dicha: “¿En serio el cumple es el domingo AL MEDIODÍA? Pero vos sabés que eso implica que el único día que puedo dormir me tenga que levantar temprano… ¿Es importante para vos? Bueno, dale, ya fue, vamos. Pero el domingo que viene no ponemos despertador y me traés el desayuno a la cama, ¿vale? Jajajajaja. ¿Puse cara de que el desayuno tiene que tener tarta de coco? Bueno, sí, por menos que eso no voy a ningún lado este domingo”.

Este punto, el segundo en la escala, es el que me resulta más interesante, el que más me conmueve: hacer algo que para el otro es importante, pero poniendo sobre la mesa lo que para mí también vale. Yo doy esto y vos das esto. ¡Uf! Lo escribo y siento que rompo con el estereotipo del romanticismo… Y sí, rompo, porque estoy grande. No estoy descreída del amor, solo sucede que entendí que los vínculos se sostienen en este punto negociable en el que todos salimos ganando. No pasa nada con negociar. No “me” pasa nada con eso. Hasta —les confieso— me provoca una cosquilla linda esto de ver qué podemos transar para estar todos contentos… Ahora bien, en la lista de la escala de convenio hay un tercer punto: el mínimo no negociable. Esto sí es complejo. Depende de cada quien, depende de cada momento de la vida, depende de las experiencias. Yo, la que escribe y vive, me he equivocado mucho en este punto. Me equivoqué cuando dije: “Mi mínimo no negociable es que no me pegue y no me grite”. La pifié porque la mayoría de los hombres no hacen eso. Pero eso no implica que puedan ser buenos compañeros. Y la fui pifiando por ahí hasta que conocí a este hombre: el que bajó la persiana durante mucho tiempo porque para mí era importante. Era tan joven cuando lo conocí… No era obtuso, no le conozco esa veta, solo era condescendiente conmigo por efecto del enamoramiento. Todo eso ya pasó. Pasaron años y momentos y vivencias. Nos acompañamos en todas ellas. Y si hoy no baja la persiana es porque aprendió a hacer valer lo que es importante para él. Sí, sé que la bajaría si yo se lo pidiera, pero eso no entra en mi “mínimo no negociable”. No hoy. Se lo puedo pedir, pero me resulta más valioso verlo tan seguro en su deseo de ser… Y eso me enamora. ¿Me enamora? ¿Es esa la palabra que describe lo que siento? No estoy muy segura. De hecho, no estoy segura de ninguna de mis putas teorías porque ya aprendí que solo son un excelente mecanismo de defensa. ¿Y saben qué? Ante él no tengo que defenderme, ante él me cago en la lógica cuando me siento a salvo si me abraza, cuando me importa nada si estoy haciendo bien o mal, cuando lo miro hacia arriba —es tan alto él— y la sonrisa me sale espontánea.

Sí, claro que entiendo de qué van los vínculos, que —cercana a los 40 años—entendí esto de la negociación. Pero cuando lo miro taparme una mañana de frío cualquiera, me cago en todo y solo pienso: “quiero estas mañanas con vos”. Por eso lo miro fijo mientras me arropa, mientras me abriga, mientras no me exige nada, mientras sigue habilitado entre nosotros ese espacio de ser, simplemente ser los que somos.

Esa mañana no bajó la persiana después de besarme. Yo no pedí nada y él salió a trabajar. Tal vez no la bajó porque estaba tan dormido como yo. Tal vez no quiera quedarse sin luz. Tal vez no me quiera a mí. Tal vez no quiera.

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