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Salí de mi oficina a las corridas, como casi siempre. Tenía que llegar a un lugar que está a 30 minutos de mi trabajo en 20 minutos. Lo que más deseaba, más que llegar a horario y eso que soy muy puntual, era prenderme un cigarro. Llevaba en mis manos una carpeta, dos libros y la puta moda que indica que ahora tenemos que llevar la cartera montada en el antebrazo. No es una moda cómoda para mí que soy torpe y necesito tener las manos disponibles.

Logré sacar el atado de Marlboro. Puse un cigarro entre mis labios y lo dejé esperando. La búsqueda, dentro de mi cartera, del encendedor Bic rojo chiquitito estaba resultando insoportable. Volví a preguntarme dónde perdí el mío, por qué tengo uno chiquito si a mí me gusta el Bic grande y encima negro. En un momento me di por vencida y empecé a mirar las manos de los que venían caminando en sentido contrario. Enseguida ubiqué una mano masculina —linda por cierto, de esas grandotas— que llevaba una cigarrillo encendido. Al mismo tiempo que aminoraba la marcha, levanté la vista. Sonreí apenas y dije:

—¿Me podrías dar fuego?

—¿Fuego? ¿A vos? —dijo mientras me miraba de arriba abajo y una sonrisa chica pero certera se dibujaba en su boca—. Obvio que te lo doy. ¿Tu casa o la mía?

Y después dicen que el fumar es perjudicial para la salud. ¡Por favor! Manga de ignorantes que no contemplan la salud integral del ser.

Foto: Tomás Stancatti.

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