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Hoy es un miércoles de una semana cualquiera. Pero, como todos en mi vida, no es un día ordinario, común, parecido a otros. No sé cómo hago y no sé si me gusta que sea así, pero la realidad es que no sé lo que es la rutina. No tengo demasiados horarios fijos, no hago todos los días el mismo trabajo, no llego a la misma hora a mi casa y no siempre vuelvo a ella. ¡Qué sé yo! Tengo variaciones. Tengo días especiales. Y hoy tengo varias especificidades para nombrar: le corté las uñas a mi sexto sobrino por primera vez en su vida; vi a una amiga que tenía muchas ganas de ver y no veía hacía tiempo; estuve triste; y extrañé a mi papá. Sí, lo de estar triste tampoco es algo común en mí… Y si bien eso de “extrañar a mi papá” pareciera que es repetido hasta el cansancio, hoy no sonó igual en mí porque no tenía que ver con ese deseo de verlo vivo, de pensar cómo viviría tal o cual cosa, no. Hoy deseé un consejo de mi viejo. Quería preguntarle, quería que opinara. Deseo ambicioso, por cierto, porque el gordo no era bueno para esas cosas.

Mi papá me dejó muchas lecciones. Algunas las daba al tipo “máximas para mi hija”; otras me las disfrazaba a través de poesías que escribieron otros y él me regalaba; y la mayoría de sus enseñanzas fueron significadas por mí con los años, repasando sus decires, volviendo a escuchar —desde otro lugar, desde otra conciencia, desde otra edad— frases que eran típicas de él. Una sola vez le conté algo que me pasaba con un hombre, con un amor —parecido a lo que me pasa hoy—. Le conté con lujo de detalles lo que me estaba pasando mientras él cebaba mate en mi departamento de Ciudad de la Paz. Me escuchó en rotundo silencio. Calculo que lo debo haber aburrido como cuando le conté toda la película de los gremlins a mis cinco años. Pero se ve que me escuchó porque sabía de lo que estaba hablando. Cuando le pregunté: “¿A vos qué te parece? ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar, pa? ¿Qué te parece lo que está haciendo él?”, mi viejo me miró fijo, después desvió la mirada al mate y luego de eternos segundos me dijo: “No sé, hiji, es una historia de amor. Y yo solo amé, pero no sé nada del amor”. Tal vez me estaba enseñando algo ese día, pero si lo hizo yo aún no logro entenderlo. Solo le agarré la mano, lo miré y como vi que no me miraba, le tiré apenitas del brazo para obligarlo a que vea mi cara. Nos sonreímos un poco y seguimos tomando unos verdes.

Así era mi papá conmigo. Por eso digo que mi deseo de hoy era ambicioso. Pero no me gustan los deseos fáciles de cumplir. Me gusta desear en grande. Así que lo deseé. Deseé tener a mi papá vivo y que me diera un consejo. Con esa sensación emprendí el regreso a casa y, antes de entrar a mi edificio, decidí ir a comer algo al parrillón amigo. Es un bodegón que está justo enfrente de mi hogar: su limpieza es dudosa, su cocina posiblemente no pase una prueba bromatológica, pero como rico, muy casero, barato, y los dueños me tratan con un afecto paternal y respetuoso que me hace sentir como en casa.  A mí me encanta ese lugar. A mi papá le hubiera encantado. Pedí una cerveza, una milanesa con puré de calabaza y me puse a leer mi libro de turno. Disfruté la comida porque tenía apetito. Disfruté la lectura porque el libro que estoy leyendo está buenísimo. Pero extrañé mucho a mi papá. Salí a fumar un cigarrillo y me encontré con el señor que hace los repartos. Sí, lo digo así porque no se puede hablar de delivery cuando hablamos de un hombre de más de sesenta años que va en bici por el barrio a entregar milanesas. Me saludó con el respeto de siempre y, mientras yo le sonreía levemente, me dijo: “Qué bonita que le queda esa luz en la cabeza, niña”. “Niña” dijo. Y se refería a la luz de fondo que me daba en la nuca. Volví a sonreírle, pero enseguida aparté la mirada, no quería que viera que me habían dado ganas de llorar… No era importante. Yo estaba triste y quería a mi papá, ese “niña” me había conmovido, pero no quería contarle nada de eso. Así que terminé el cigarro, volví a la mesa, leí un poco más, agarré mis etenos petates y fui hasta la barra para pagar. Ahí estaba Pedro, uno de los dueños. No me había atendido él hoy, así que cuando pregunté cuánto debía, lo llamó al mozo y le dijo: “¿Qué le cobro a la nena?”.

El llanto que me invadió en ese momento fue imposible de ocultar. No se notó, claro. Lloro sin lágrimas porque tengo los lagrimales tapados, tenía los anteojos puestos, podía hacerme la boluda: pero Pedro me vio. Me preguntó solo si me podía ayudar en algo. Tomé aire y le dije: “No pasa nada, es que me dijiste ‘nena’ justo hoy, que yo extraño mucho a mi papá”. Me preguntó si mi viejo estaba lejos. Y no saben lo que me dolió decir que sí, que estaba lejísimos, lejos como el cielo. Pedro me dijo algo así como que lo lamentaba, que fuera tranquila a descansar, que pagaba otro día, que total voy siempre, hizo una broma sobre los intereses que me iba a cobrar… No era para tanto, eso le contesté. Me recompuse enseguida, le dije que nada era grave, pagué mi cuenta, dejé la propina para el mozo Enrique y, entera y erguida, cerré la cartera, me despedí y empecé a girar hacia la puerta. Fue cuando Pedro, en su mayor expresión de sentido paternal, dijo: “Cuidado al cruzar, pichona” que aceleré el paso. Necesitaba salir del parrillón, necesitaba correr hasta la puerta de casa, necesitaba cerrar la puerta de mi hogar para ponerme a llorar tranquila.

Hoy me dolía un poco el corazón y quería un consejo de mi papá. No logré solucionar nada de eso. Sigue doliendo lo que dolía esta mañana y sigo sin saber qué tendría mi viejo para decirme. Pero lo peor fue descubrir que yo no iba a volver a ser la “nena” de nadie. Me sentí asquerosamente huérfana de padre. Que hoy, o cualquier otro día, en el que yo me sintiera indefensa y chiquita, no iba a tener un papá que quisiera proteger a su nena. Ya adentro de casa, me grito que soy una mujer autónoma cercana a los cuarenta años, pero no me llegan los gritos. No entiendo nada cuando estoy así de “nena”. Porque no estás vos para explicarme, papá. Porque asumí hace siglos el duelo de mi infancia, porque hace años que dejé de padecer el duelo de vos, pero me acabo de dar cuenta de que nadie me va a volver a comprar un paquete de palitos salados solo para mí como vos hacías cuando yo era tu nena… Es horrible ser supuestamente grande y no tener vivo a nuestro papá. ¿Los católicos dicen que Dios creó todo? Bueno, si no pudo pensar en esto: me cago en Dios. Yo quiero comer palitos salados, sonreírle a mi papá y ver su sonrisa de cerca.

Mañana volveré a ser la mujer que soy. Pero esta noche agarro el paquete de palitos que me compré sola ayer, me los llevo a la cama, me arropo bien, me canto una de las canciones que mi viejo me cantaba y me hago dormir.

 

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