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 A mi mamá y a mi papá, gracias.

 —Listo, acá tenés mi firma. Que termines bien el día —le dije mientras sonreía.

—Acá está tu documento y la tarjeta de débito. Gracias a vos, mami, seguí sonriendo.

“Mami” dijo, y yo no tengo edad de ser su mamá. No se refería a la maternidad, es una forma cariñosa —ponele, aunque tal vez erótica— de llamar a una mujer. ¿Dije “erótica”? ¿En serio clasifico un mami como algo erótico? ¿Desde cuándo? Si eso es una grasada, una vulgaridad… ¿Cuándo fue que dejó de molestarme que alguien me llamara así? Seguro que fue después de mi crianza, claro, fija, por supuesto. Mi madre se hubiera desmayado si le contaba que un tipo me decía mami.

 

Me crié en una familia de clase media ajustada. Ajustados estábamos en el tres ambientes siendo seis integrantes, pero no en educación. Mis viejos se partieron el lomo trabajando para que tuviéramos “un colegio de pago” —como dijera Sabina— y para darnos lo mejor de cada uno de ellos. El “cada uno”, en la pareja que conformaron mis padres, era de una riqueza increíble. Me gusta decir que soy hija de “el groncho y la dama”. No es para tanto, todos saben que soy un tanto intensa en mis exageraciones, pero esa idea no está tan lejos de la verdad. Venían de mundos distintos al conocerse: mi abuela materna era ama de casa que siempre había gozado de cierta posición económica y mi abuelo materno —amado por los siglos de los siglos— era ingeniero bien empleado; no sé tanto de mis abuelos paternos y a falta de padre vivo a quien preguntarle, le pedí a mi tío, su hermano, información para completar este dato pero estaba ocupado (me la prometió para mañana) y solo puedo decir lo que sé: mi abuelo paterno era laburante (no sé su esposa, mi abuela) y sus apremios económicos hicieron que mi papá tuviera que salir a trabajar desde muy chico y que aportara plata a su familia hasta que se casó. Qué sé yo. ¿Es la economía la que determina los buenos usos y costumbres, las reglas protocolares, los estándares de clase? Claro que no. No para mí. No en la obviedad que padecimos algunos argentinos en la época de la pizza con champagne y el concepto de nuevo rico. Pero ese no es el punto, no me quiero ir por las ramas porque no quiero hablar de lo que se supone que es bueno y es malo. No quiero hablar de eso porque estoy en desacuerdo, porque lo importante es ser buena persona, de buena madera. Claro que sí, sí y recontra sí: eso me enseñaron mis padres mientras me llevaba, uno, a comer riquísimo al parrillón roñoso de su amigo Nono y otra me enseñaba a usar los cubiertos, herramienta poderosa para poder estar en cualquier lugar. “Cada uno” me dio lo mejor de sí.

 

Papi, vení a la mesa que ya está la comida.

—Ya voy, mami.

 

—Ma, ¿por qué la tía Poli le dice “papi” al tío Rubén? No es su papá.

—Es una forma cariñosa de llamarse, hijita —me explicó mi mamá con la mayor empatía del mundo. Pero eso de que los padres conocen todo de sus hijos es tan cierto como que los hijos podemos deducir subtextos de nuestros padres. Yo le vi la cara a mi mamá cuando me dijo eso de “forma cariñosa”. No le gustaba. Yo lo vi. ¿Era cierto? No sé, yo tenía unos siete u ocho años, pero sabía que en la casa de la hermana de mi papá había costumbres que eran diferentes a las de mi hogar. Y a mamá le gustaban las del nuestro, no esas. Y yo adquirí. De todo.

 

Lo heredado versus lo adquirido. ¿De verdad es “versus”? Porque eso implica un estar en contra. Y no sé si es tan así. ¿Cómo se constituye nuestro psiquismo después de la adolescencia en la que, realmente, lo esperable es estar en contra de todo lo heredado? ¿Qué pasa cuando llegamos, a los treinta años, a un parrillón mugroso que promete la mejor porción de entraña del año y recordamos que nuestra mamá jamás comería en un lugar así? ¿Qué hacemos cuando nos vemos manejándonos con naturalidad en un cóctel de gala y sabemos que nuestro padre no hubiera sabido manejarse ahí?

 

La primera vez que me dijeron mami tenía más de treinta años y estaba en mi cama, pegándome un revolcón hermoso con mi amante eterno. Precisamente porque era “eterno”, tanto que no podía recordar cuándo habíamos comenzado a revolcarnos, es que sabía que él no usaba ese léxico con las mujeres, al menos no conmigo. Pero ese día lo dijo. No sé por qué. A mí me dieron arcadas. Si no hubiera estado en mi casa, me hubiese ido; pero me daba mucha fiaca echarlo. Así que me quedé, pero desconcentrada, fingiendo, escondiendo la vergüenza que me daba haberme convertido en una “grasa” como mi tía Poli.

 

Mis padres tenían más ideología que muchas personas a las que frecuento y que predican valores supremos mientras ven la manera de rascarse la piel en el trabajo o de tratar de endilgarle la crianza de sus hijos a otros actores. Mis viejos tenían principios, ideales, eran gente de ley en casi todo lo que les conocí. Lo que no tenían eran partidismo político. Tengo vagos recuerdos de que estuvieran afiliados al radicalismo, pero era lo común en esa generación. No me inculcaron una fuerza política, no me invitaron a heredar una bandera ni un referente. ¿Por qué marché a los veinte años, allá por el 2001, en contra de las decisiones gubernamentales de turno cuando mis progenitores jamás me habían llevado a una manifestación? ¿Por qué jamás pude embanderarme con el gobierno que siguió, que tomó mis años poderosos de juventud? ¿Por qué hoy marché por la defensa de la educación pública?

 

Esta tarde, una cualquiera de un día difícil que terminó con unas risas y una cerveza en buena compañía, pasé por un supermercado a comprar queso. Al despedirme del cajero, mientras me devolvía mi documento y me tarjeta de débito, me encontré con un mami acompañado de una sonrisa. Y mi respuesta fue con otra: de esas en las que muestro dientes y se me achinan los ojos de alegría.

 

Bordeando los cuarenta años puedo decir que no existe ningún “versus” entre lo heredado y lo adquirido. No hay contra cuando hay complementación. No existen formas correctas más allá de las que se establecen en cada vínculo. No existe partidismo que supere ideología. Cuando hablamos de personas sanas, no hay ejemplos superadores entre madre y padre. Nacemos en algún lugar en el que dicen y hacen determinadas cosas que nos marcan para toda la vida. Y después… Después está el después: “lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, como dijo Sartre. Y todos hacemos lo que podemos, ni más ni menos. Lo que “podemos” que no siempre coincide con lo que queremos. Así se sigue construyendo nuestro psiquismo. Y esto, me lo enseñaron mis viejos.

 

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