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Él se llama Daniel Enrique Vazquez Magarik, “Vazquez sin tilde” aclara su hija Eva cuando lo nombra, con una sonrisa. Hoy, 25 de marzo de 2018, se puso una placa en la puerta de su casa, la casa de la que fue secuestrado por el terrorismo de Estado el 27 de marzo de 1977, en el barrio de Boedo, casi mi barrio, ese vecino amigo. Y digo que Daniel se llama, en presente, porque esta tarde, en el acto de la muestra de la placa, escuché atentamente a uno de sus compañeros de militancia, de lucha. Él, su compañero y amigo, recordó a Daniel en presente y nos invitó a mantenerlo vivo gritando su nombre, luchando por lo mismo que lucharon todos esos jóvenes. ¿Por qué luchaban? ¿Con qué mundo soñaban? La que era la compañera de Daniel —cuando los milicos se lo llevaron de su casa, con una hija de un año y otra por nacer— una vez fue detenida junto a él y al compañero que hablaba esta tarde. Esa detención fue un día antes de la vuelta del exilio de Perón. Daniel y su amigo tuvieron que calmarla porque ella no paraba de gritar: “¿Por qué nos llevan si estamos luchando por un mundo mejor para sus hijos?”. Por eso luchaban. O, al menos, eso entendemos todos los que no tenemos edad para dar cuenta en carne propia de lo que pasaba en ese momento.

La placa es una de las tantas que habitan el país. Y no es una decoración, ¡qué va! Es una invitación. Una de las personas que habló hoy dijo que las placas servían para que cualquier chico pasara por ahí y les preguntara a sus viejos qué era eso. Es una manera de construir conciencia, de tener vivos a nuestros desaparecidos, a nuestros muertos que no se morirán nunca.

Hoy Daniel Vazquez estuvo vivo. ¿Puede estar muerto alguien que está presente en la vida cotidiana de sus hijas, de su compañera, de sus amigos, de todos los compañeros de lucha que hoy estaban con los ojos llenos de lágrimas y la frente digna y el pecho de frente? Hoy Daniel tuvo —para mí— la cara y la historia, la casa y la familia, de los miles de desaparecidos. Hoy Daniel reforzó una lucha que es humana y es digna, que es valiosa e inevitable para todas aquellas personas que queremos lo mismo que todos esos jóvenes: un mundo mejor para nuestros hijos. Y, también, para nosotros. Y, con dolor, para los que no tuvieron la posibilidad de seguir luchando porque el abominable “Proceso de Reorganización Nacional” los desapareció.

Presente siempre. PresenteS siempre. MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

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