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Porque yo trabajo como correctora. Y parece chiquito si no se sabe lo que los correctores hacemos, pero es un mundo en sí mismo. ¿Imaginan lo que es vincularse con cada escritor y sus palabras? ¿Lo que significa volcarse a acompañar a un otro en la hermosa misión de transmitir «algo»? ¿Queda claro que cada nuevo proyecto es un universo particular, único, en el que hay una persona —el escritor— que tiene el deseo de mejorar sus palabras para que lleguen a otros? Y en ese deseo se le juegan un montón de cosas que llegan al corrector… 
Hoy envié el último capítulo de una novela que estoy corrigiendo hace meses. El autor de ese libro me envió un correo como cierre de nuestro trabajo y me pedía que lo compartiera. El trabajo del corrector es un quehacer invisible. Los correctores tenemos que hacer el esfuerzo de que nuestra mano no se note, que no aparezca. Y en ese intento, en términos generales, queda desdibujado nuestro rol, nuestra tarea: inclusive para el escritor al que estamos corrigiendo. Para el autor de la novela «Canción de Teofanía» (título provisorio) no fue así. Él lo reconoció diciendo lo que sigue a continuación (donde aparecen los puntos suspensivos es porque recorté algunas cuestiones muy nuestras, muy propias de la intimidad a la que lleva este trabajo). Y yo elijo compartir su mensaje para dar cuenta de qué trabaja el corrector.
 
«¡¡¡GRACIAS!!!… ¡¡¡GRACIAS… ¡¡¡GRACIAS!!!… (…)
Después de meses, hemos llegado al final de “Canción de Teofanía” y (…) no quería terminar este trabajo sin dejar por escrito lo agradecido que estoy por lo que me ayudaste a realizar. (…) Sé positivamente que lograste enriquecer mi obra, está a la vista. No solo eso, que me hayas impuesto plazos para avanzar en tiempo y forma fue clave para el logro.
(…) A medida que nos fuimos metiendo en el trabajo, y a medida que analizaba con cuánto respecto, tacto y asertividad hacías tus observaciones, eso [la duda de cómo sería el trabajo virtual, sin el “cara a cara”] me fue tranquilizando y dando confianza para seguir avanzado aún más. ¡Sentí tan importante cada aporte que me hiciste que comencé a revalorizar tu asistencia bautizándote como “Ariadna”!, seguro lo recordarás, porque tu trabajo consiste, ni más ni menos, que en sacar al escritor, cuando se ve encerrado o cuando cree que no lo está, del laberinto confuso de sus propias palabras e ideas, sacarlo antes de que el Minotauro de la frustración se lo devore. ¡Te agradezco el “Hilo” que me tiraste, el que me permitió salir de más de un enredo!… ¡Solo habría sido imposible! (…) Mi agradecimiento por tu aporte en mi opera prima será eterno y firme como el diamante.
¡Inés; ojala que estas palabras, en caso de que te animes a publicarlas, sean una invitación para que otros escritores se decidan por transitar el laberinto fascinante de la literatura, para que lo hagan de tu mano y a través de tu “Hilo” conductor! (…).
¡¡¡GRACIAS… GRACIAS… GRACIAS!!!».
 
Gracias a vos, mi querido Anuar Giménez Tolosa. GRACIAS.
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