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No entiendo. Pero lo peor es no saber por qué no entiendo. Las mujeres cercanas a los cuarenta años, las cuarentonas y las de cuarenta y nada nos criamos en una sociedad que rezaba, impregnaba, clavaba la imagen que decía «a las mujeres no las entiende nadie». Eso no me preocupó tanto porque entendía que correspondía a otras generaciones, hasta que el puto de Arjona ancló el «dime que no y dame ese sí como un cuentagotas». Cagamos. Ahí cagamos. Otra vez le creímos al populismo barato. Otra vez entramos en contradicción con el «ni una menos». No sé… Me confundo. No soy machista, claro que no. Pero tampoco soy feminista. Me da urticaria el deseo de igualdad de géneros. Yo no quiero ser como un hombre, porque —al decir de Nacha— me gusta ser mujer. Lo que yo quiero es luchar y luchar junto al resto, por la igualdad de derechos. Derechos. No es lo mismo que luchar por la igualdad de géneros porque eso me hace ser una mujer con pito y huevos, y yo quiero ser siendo esta mujer con vagina y ovarios. Pero lo que no entiendo, y no tiene nada que ver con lo que vengo diciendo, es qué le está pasando a los hombres. Tengo teorías claro, amo mi parte mental, pero no me alcanza. ¿Cómo fue que los hombres dejaron de valorar que su hembra fuera muy buena en la cama? ¿Cómo fue que las mujeres empezamos a pagar la mitad de la cuenta sin darnos cuenta que el chabón no sabía qué hacer con eso? ¿Cuándo fue el momento fundante en el que las minas arreglábamos el lavarropas, pero nos quejábamos de que nuestro hombre no nos trajera un ramo de flores? No sé. No sé nada. Pero pienso… Y sigo sin entender.

 

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