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Fue en el momento en el que agarré el ventilador de pie. Apreté el caño y estuve atenta a dónde hacía la fuerza: si lo agarraba de arriba se iba a desarmar porque nunca pude poner el tornillo que ajustaba el motor al caño. Pero de golpe, como si me hubieran dado un mazazo en la frente, me acordé de que él sí había podido. El recuerdo me invadió por completo. Me acordé de los mensajes que nos mandamos todo ese día en el que logró poner ese puto tornillo. Repasé la cantidad de intentos que yo hice para armar ese ventilador hasta que me di por vencida y él me dijo: «Olvidate, linda, yo lo arreglo esta tarde». Y empecé a molestarme porque supe que él iba a resolverlo en dos segundos y que yo no iba a tener más remedio que asumir mi derrota técnica. Nos reíamos mucho de esas cosas. A ninguno de los dos nos gustaba sentirnos boludos —¿a alguien le gusta?— y cada vez que algo así pasaba nos burlábamos del otro, pero lo hacíamos con una ternura que invitaba a la risa compartida, a esa que nos salió ese día, cuando empezó a cargarme con el ventilador mientras caminábamos por la calle para ir a la parrilla… ¿Íbamos a la parrilla? ¿Fui con él a la parilla de mi barrio? ¿Cómo eran sus dedos gordos del pie? Y esa especie de seseo… Ay, carajo, no me puedo acordar exactamente cómo arrastraba la “s” cuando me decía «escuchame». Pero sí me acuerdo cómo se le engrosaba el labio de abajo cuando iba a besarme y cómo ponía el sahumerio en la cocina antes de irse a dormir. También me acuerdo de sus lágrimas —las más gordas que vi en mi vida— y del tono con el que me decía: «Que descanses, mi amor», mientras cuchareábamos antes de dormir.

Sí, fue en el momento en el que agarré el ventilador de pie que me acordé de que no me había olvidado de él.

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