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Tenía tres nombres, pero yo le decía “Pato”. Ya no recuerdo por qué lo llamaba así, pero sí me acuerdo de cómo me pegó. No quiero hacer una catarsis de mi relación con él porque creo que es más valioso hablar del aprendizaje, pero no sé cómo hacer lo que quiero hacer. 

Estuve 4 años en pareja con él. De los 20 a los 24. Y 10 años después de eso seguí en contacto. Yo lo elegí. ¿Lo elegí? ¿Elegía en ese momento? ¿De qué momento estamos hablando? ¿Elegimos frente al miedo? ¿Se elige en lo que la Organización Mundial de la Salud llama “adolescencia tardía”? Pato me pegó 7 veces en 4 años. ¿Importan cuántas? No. La primera implicó una fisura de tabique y 5 moretones en mi brazo derecho, sus 5 dedos, producto de la zamarreada que me dio. No importan las que siguieron, no importa que me siga doliendo la tibia los días de humedad porque él me la fisuró de una patada.  

Pato puede ser cualquiera. Fue el mío, pero puede ser el de otras. Y hoy me enojan las preguntas. Me molesta escuchar a alguien decirme: «¿Cómo es que una mujer inteligente como vos soportó eso?». Me molesta porque la respuesta es íntima y también es social. Porque la respuesta es mía, particular, y también es la de muchas mujeres que crecieron subyugadas al poder machista. Me molesta porque me enoja haber sido la que fui. ¿Fui una boluda dentro de mis posibilidades? Sí, pero no una «pobrecita». Estoy convencida de que cuanto más hagamos creer que la mujer golpeada es una “pobrecita», menos herramientas le damos. Y sí, claro que no soy obtusa, claro que sé que el recorrido que yo hice por comisarías en las que me encontraba con hombres policías que me decían que «así vestida es lógico que su marido reaccione», es un recorrido que nos compete a todas. Claro que sé que no vivimos en una sociedad que entienda de verdad, que inculque, pregone el respeto entre personas. Claro que lo sé. Y no ninguneo las comisarías de mujer, solo que no existían en la época en la que a mí fajaban. 

Hoy me pasa que necesito contar que “Pato” me pegó. Y no digo sus tres nombres porque soy tan boluda que respeto a su familia y no quiero exponerlo. Pero él tiene nombre, tres, y un apellido. Y acá estoy yo, 13 años después de haberme separado de él, necesitando decir que me arrepiento de tantas cosas… De no haber podido confesar mi realidad a mi mamá, mi papá, mis hermanos, mi hermana, mis amigas, mis amigos. Hoy me sacudo la conciencia porque sé que no soy ninguna pobrecita y que ninguna persona tiene derecho a ponerme una mano encima. Hoy estoy grande y no soy boluda, porque también sé que puedo ser solvente en esto porque no tengo que depender económicamente de nadie, ¡y qué mierda este punto! Hoy estoy con ganas de desear contar con un Estado que nos proteja, a nosotras, las mujeres. No, no, ya sé, no empiecen otra vez con eso de que no voy a las marchas de “Ni una menos”. ¿Se les ocurre que no estoy ideológicamente de acuerdo? Pero me pasan otras cosas, muchachas y muchachos, me pasa que a veces duele recordar. Me pasa que hace unos días presenté un libro que habla de los amores de mi vida y él, el golpeador, estuvo presente en un escrito llamado “Muerte” representado por actores. ¿Saben por qué elegí actores para ese escrito? Parecía raro, yo estaba leyendo mis escritos, pero ese no podía leerlo. No quería… Y fueron actores los que representaron la ficción de mi realidad con ese hombre. ¿Saben lo que me pasó cuando el actor que hacía del “Pato” ficcionado golpeaba la mesa? Fue una mierda. Mi cuerpo, en eso que se llama memoria emotiva, volvió a sentir el pánico de: “Patito, Daniel, te brotaste, no sé qué viene ahora”. Y en mi vida real yo salí a tiempo de ver qué podía hacer él, hasta dónde podía llegar… Yo zafé. Las estadísticas hablan de las que no pudieron zafar. Hay nombres y apellidos, hay mujeres que no pudieron irse. Mi amor a ellas. Y me cago en las personas que juzgan, que nos juzgan, que nos hacen responsables de estar o no estar. Valoro la fuerza, la que me hizo salir a tiempo, pero no soy boluda: yo tenía posibilidades que no todas tienen. Dejémonos de joder con culpar a la mujer por “quedarse”. No sean hijos de puta. No saben lo que es estar ahí. Y, ni siquiera yo, que soy una de las tantas a las que les pegaron, puede imaginar lo que es que la comida de tus hijos dependa de esos golpes. Nos invito a que no seamos obtusos: el Estado tiene que ser parte de esto. Yo tuve suerte: tuve una amiga gloriosa, mi Coca amada, que me sacó de esa realidad; yo sabía —orgullo pelotudo mediante— que siempre podía volver a la casa de mis viejos. Pero no todas tenemos esa posibilidad. Propongo, sugiero, grito: ¡demos otra posibilidad! Criando de manera distinta a nuestros hijos, porque me hastía ver a hombres que me preguntan por qué no voy a las marchas, pero ante sus hijos hablan de “los negros cabeza” o “los putos de mierda”. Podemos hacer la diferencia en el día a día y en las urnas. Tenemos la dicha de la democracia. Hagámosla valer. Por un Estado que nos valide. A todos. Sigo soñando. Yo confío en algo que no está sucediendo en este momento. Pero creo. Yo confío en algo mejor.

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