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Esa era una de sus frases favoritas. Sabía ver escudos, camisetas, logos de Racing allí donde yo no veía nada. Pero empatizaba con esa tendencia y le compraba encendedores y llaveros de su equipo. Era un fanático y a mí siempre me conmovieron las pasiones. Si hasta le dije que me iba a comprar una camisetita blanca y celeste para una linda noche de sexo… Pensaba hacerlo, pero el tiempo del nosotros me quedó corto.

A él no lo veo más, no tengo idea de en qué puesto está su equipo en la tabla, no me ocupo más de empatizar, de acompañarlo en su pasión, porque no me ocupo más de él. Es más, es tan fuerte eso de no ocupar mi tiempo en lo que no me compete, que ni siquiera suelo recordarlo. Pero hoy vino a mi mente.

Hoy, una tarde de sábado cualquiera, salí a pasear con un hombre. Fue raro el momento en el que me dijo que fuéramos a San Telmo. Tiene mucha historia ese barrio porteño para mí. Recuerdo al compañero que lo llamaba por el nombre de su Iglesia —San Pedro Telmo— las noches en las que dirigía su moto a “El desnivel”, esa parrilla en la que pedíamos “matrimonio” y nos traían un chorizo y una morcilla. Y también recordé al hincha de Racing, mi último compañero. Con él recorrimos bares, pulperías y ferias allí. Caminamos el empedrado. Me aburrí. Lo abracé. Nos tentamos de risa. Nos besamos en muchas esquinas. Nos deseamos. Comimos garrapiñadas… Pero tampoco fue un recuerdo obturador, no importaba, no era tan complejo ir a pasear a un barrio de mi ciudad. Así que fui. Volví a recorrer el viejo conventillo convertido en galería comercial, volví a indignarme por los precios turistas, volví a poner pie en el empedrado que tantas veces me sintió.

Y lo hice todo con un nuevo hombre. No es un compañero. No lo va a ser tampoco. Parece que perdí mi vieja habilidad de enamorarme a primera vista. Ahora soy una mujer que habla midiendo lo que cuenta y escucha con oído atento para prevenirse. Soy bastante nueva en esto de haberme vuelto intransigente con aquello que no quiero para mí, con aquello que no voy a tolerar. Bueno, me fui por las ramas, lo que quería contarles es que hoy paseé por San Telmo con un hombre que, entre una serie de características y rasgos medianamente interesantes, padece de soberbia. Detesto esa característica. ¿El chabón me hace de espejo? Puede ser. Y sí, seguro que sigo siendo soberbia. Pasa que me lo pregunto, que no me gusto en esa fase, que intento no tenerla. Y parece que él no se pregunta nada sobre eso, es más, creo que le gusta esa postura altanera de mirar al resto del mundo desde un peldaño.

En esta etapa de mi vida no me callo lo que me pasa cuando me vinculo con alguien. Así que cuando él se puso a hablar lo escuché y, paso siguiente, le conté cuánto me jodía que dijera que sentía lástima por las personas que no podían “conceptualizar la singularidad del amor” y usaban las frases de Osho o Jodorowsky para definirlo. Le conté que me resultaba contradictoria la idea de hablar de la “singularidad” cuando no podía sentir que a otras personas, que no son él, podían conmoverlas un “Osho nos dice”. No llegamos a ningún acuerdo, claro. Y yo empecé a alejarme a pasos agigantados.

Un rato después, mientras seguíamos recorriendo el empedrado de San Telmo, me dijo que tenía una frase más, que me la quería decir para ver cuánta tolerancia tenía yo a su soberbia. No me divirtió la propuesta provocadora. Yo estaba cansada de sostener esa charla y solo quería volver a mi casa y estar conmigo. Así que, por conveniencia, para no seguir debatiendo, le dije que me la diga sin resistirme. Y dijo: “El fanatismo es aquello que ayuda a personas vacías a llenarse de contenido”.

Silencio. Caí en un profundo silencio. Me chupó un huevo cuán de acuerdo estaba con esa idea, qué significaba el vacío o cuán llenos nos podíamos sentir con una pasión. Es más, ni siquiera pensé en cuán soberbio estaba siendo al decir eso. Lo único que se me vino a la cabeza fue: “¡Qué lindo ser de Racing!”. A mí, que soy cuerva pero no me importa. A mí que tengo sangre “roja” desde mi viejo a mi sobrino. Se me vino esa frase encima y sentí el empedrado. Se me vino ese hombre con el que no podía hablar de casi nada, pero que me invitaba a no pensar, a no vincularme desde la mente. Se me vinieron las ganas de escucharle la risa que no tenía explicación y me hacía reír mucho. Se me vino el cuerpo de él siempre tendiente al mío. Se me vinieron unas poderosas ganas de cagarme en la pseudointelectualidad y salir corriendo a gritarle a él, el pasional, el que podía estar vacío de muchas cosas pero no de pasión: ¡Qué lindo ser de Racing, la puta que los parió!

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