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Fue el mejor. Y tal vez solo lo fue por ser el primero en mi nueva vida. Yo tenía un montón de años y acumulaba muchas malas elecciones. Hasta que apareció él. Tenía los ojos claros, grandotes, ojeras de mapuche, un quilombo existencial, unas ganas iguales a las mías de tomar birra y reír, unas ganas que le salían de a ratos… También era el portador de lágrimas gordas y serias. Y el que ponía a Ismael Serrano para hacerme un guiño y sonreír. Porque en el medio de sus lágrimas, él me miraba y sonreía. Pero se fue.

Por esas vueltas de la vida, él reaparece. ¿Es el que estuvo conmigo el que vuelve o es su sombra?  ¿Lo busqué? ¿Me esperó? ¿Deseamos un reencuentro? No lo sé. No sé nada. Tal vez ni siquiera sea importante saber algo. ¿Cuántas veces no sabemos cosas, no tenemos respuestas, y no pasa nada? Porque no pasa nada. Porque a todos los que tenemos ganas de evolucionar nos aparecen nuevos otros, gente nueva, relaciones superadoras. Y no nos quedamos anclados en el pasado.

Sí, no son significativas las apariciones de las personas que quedaron en la historia. Si ya están lejos, si ya no nos importan, si no tenemos nada que ver con eso… Pero él reapareció. E Ismael Serrano suena en casa.

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