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Él es argentino y, para que se den una idea más clara, sepan que es poderosamente porteño. Se mueve por la ciudad con la agilidad y la confianza y la entrega del que sabe que es parte intrínseca de ella; y ama la noche, otro rasgo de los que nacimos acá y sabemos disfrutar de las ofertas nocturnas.

Él es morocho de piel y de pelo. Una piel suave, por cierto, una piel que sabe vincularse. Y un pelo portador de un mechón blanco que profundiza su sensualidad. Porque es muy sensual. Lo es con su boca grande, lo es cuando lee uno de sus escritos —porque también escribe muy bien— y con su manera de tocar. Y sé cómo toca: lo he visto tocando una sartén y un leño; lo he visto tocando una armónica y mis tetas.

No tiene edad. No. Él es joven y lo será eternamente. Él es un hombre acodado en la barra de un bar, con un whisky en una mano, un camel en la otra y una ceja levantada —por lo general, la izquierda— mirando, evaluando, midiendo, sintiendo su próxima conquista.

Es amiguero de los que corren una madrugada de lluvia a abrazar a un compañero de vida. Es un viajero que sabe recorrer las vías no turísticas. Es un puteador profesional cuando de tránsito pesado hablamos. Es la ternura encarnada al momento de hacer sentir bien a una mujer a través de la palabra. También es buen conversador, de esos con los que se puede llegar al amanecer solo charlando. Y sabe, lo tengo comprobado, cuidar a alguien del miedo a las tormentas.

Tiene una ideología política inamovible porque se ha permitido ser flexible con sus ideas, tiene ganas de ser quien no está siendo. Es un creativo de comidas y escritos y preguntas y situaciones placenteras. Y tiene una única religión: sentir el cuerpo de una mujer. Sabe amar durante una noche entera y un desayuno: sabe hacerlo.

Él es mi amante. Y todo lo que sé de él no abarca a todo su ser. ¡Qué raro esto de conocer un recorte de alguien, pero tan en profundidad! Los amantes nada sabemos de malos humores, ni de desdichas, ni de ganas de no tener sexo, ni de días duros laborales, ni de insatisfacciones. ¿Deseará una pareja? ¿Qué hace cuando llega a su casa de soltero? ¿Pensará en hijos? ¿Qué siente los domingos? ¿Cómo se vincula con otras mujeres? La vida de los amantes es un recorte. Como lo que yo sé de este hombre. Como yo cuando me pongo ese disfraz.

Y ahora pienso que tal vez, quizás, no sé, los amantes seamos la mejor versión de nosotros mismos.

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