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Soy una mujer de 37 años y estoy pensando en mis primeros años de vida. A raíz de eso me pregunto: ¿cuántos de ustedes tuvieron una infancia feliz? ¡Momento! No quiero la respuesta de cualquiera. Sí, con temas serios como la niñez me pongo elitista. Solo pueden contestar los que pasaron la adolescencia, los que no culpan a sus padres por todo lo que no pudieron hacer en la vida, los que se hacen cargo de su existencia entendiendo que nuestros padres hicieron lo que creían mejor para nosotros. Entonces, vuelvo y digo, agregándome en la pregunta: ¿cuántos de nosotros tuvimos una infancia feliz?

Yo levanto la mano y sonrío tímidamente, con los labios juntos, como en mi foto de preescolar que me mira de frente en este escritorio de adulta. Levanto mi mano despacito y con orgullo, disfrutando el momento en el que voy a decir que “Yo tuve una infancia feliz”. Sí, claro que recuerdo las escenas traumáticas. Por supuesto que hago valer la fortuna que llevo invertida en terapia para ver aquello que me definió —sobre todo en lo que es negativo para mi presente—. Pero no soy tan exagerada para todo. O, mejor dicho, puedo volver a mirar… Y en esa mirada hacia atrás, descubro mi infancia feliz. Ahora sí, ahora sí, amigos: levantemos la mano aquellos que hemos sido felices cantando con su mamá y su papá o sus sustitutos. Yo tuve dicha, yo tuve una mamá que —al decir de mi hermano mayor— tenía el pelo como el sol y un papá que sabía abrigar algunos aspectos de sus hijos infantes. Yo tuve una infancia llena de música. Serrat, Grandes éxitos infantiles, canciones de los Musicuentos, Julio Iglesias, Armando Manzanero, Los Tucu-tucu, Nacha Guevara, Los chalchaleros y otros. Eso sonaba en el Winco de mi niñez. Pero había algo más: estaban las voces de mi mamá y de mi papá. Todavía recuerdo el tono de mi vieja cantando esa tristísima historia de Mambrú, el que se fue a la guerra, mientras me bañaba. Ella hacía que esa canción fuera alegre para mí. Y también me acuerdo de mi papá cuando me invitaba —a mí y a mi hermano Santiago— a hacer los coros de “Candombe para José”. Y también recuerdo una infancia carente de algunas cuestiones materiales… ¡Me parecen una payasada hoy! No tenía el álbum que tenían mis compañeras de grado, pero sí tenía las idas a comer “afuera”, esos sandwichitos con pan casero en la costanera. Y las noches de cena en el balcón de nuestra casa, que era un hogar.

No, que nadie se confunda. Mis viejos, como matrimonio, no eran un paraíso. No me inculcaron la mejor imagen de pareja. Ni a mí ni a mis tres hermanos. A veces pienso que ellos eran como comparar a Videla con el Che Guevara. Y no hablo de sus ideologías. Hablo de sus seres tan opuestos. Porque eran muy opuestos ante mis ojos… Aunque con los años he podido reformular sus imágenes: ninguno era ni tan tan, ni muy muy. Y se amaban, sin lógica. Mis padres, ¿acaso no les pasa a la mayoría de ustedes?, fueron lo que pudieron ser: como personas primero, como mamá y papá después.

Mi balance da a favor. No se trata de equilibrar las malas experiencias y las buenas. No. Se trata —para mí— de ver un poco más allá de nuestro ombligo de hijos. Soy una mujer de 37 años. No tengo vivo a mi papá. Tengo a una mamá muy mujer. ¡Qué va! Soy solo yo la responsable de mi vida. Y cuando miro para atrás, cuando veo a uno de mis hermanos cantarle a su primogénito una de las canciones que tanto cantamos en la infancia —“La carrindagna”, por Carlitos Balá— vuelvo a esa sensación de protección que tuvo mi niñez.

Nos pido un favor a todos: no seamos injustos con nuestros padres. Isabel Allende, alguna vez, dijo: “Como padres seamos originales en nuestros errores”. Tan claro. Tan lúcida esta idea que deja subyaciendo la otra, esa idea que afirma que todos los padres cometen errores. En esa frase solo propone —como distinción— no cometer los mismos que nos afectaron a nosotros como hijos.

Perdono a mi mamá y a mi papá por lo que no pudieron conmigo ni con mis tres hermanos. Los perdono porque sé que tuvieron buena leche. ¿Le pifiaron? A montones. Como todos. Ojalá hayan sido originales, para ellos. Pero la ecuación sigue dando a favor. Yo recuerdo mi infancia con canciones y momentos de compartir.

Vengo, por última vez, y digo: ¿cuántos de nosotros tuvimos una infancia feliz? Y levanto, otra vez, la mano para sentir esa gloriosa sensación de que alguien se esté ocupando de mí. ¿La tienen? ¿La pueden ver sin tanto juicio a nuestros viejos? Daría años de mi vida por volver a comer los sandwichitos con pan casero en la costanera junto a mi mamá, a mi papá y a mis hermanos chiquitos. Yo, al menos yo, puedo volver a mirar mi infancia y decir: tuve una infancia feliz.

Soy una mujer de 37 años que abriga a sus padres. Gracias, mamá. Gracias, papá. Yo me ocupo del resto… Esta parte es mía.

 

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