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Mis amigas, mis hermanas, las de por allá, las que están más cerca, yo: todas nos quejamos de lo mismo: “ellos no dicen nada”. Pero no es una queja al estilo conchuda. No se trata de decirles a nuestros compañeros: “No quiero que salgas con tus amigos”. No. ¡Qué va! La mayoría de las féminas que me rodean y yo no tenemos que ver con ese aspecto de minita. No se trata de eso. La queja esconde dolor. Un dolor que es ancestral…

Mi papá tardaba minutos eternos en contestar una pregunta cualquiera. ¡Cómo me dolía eso! ¡Cómo me dolía saber que tenía que esforzarme por hacer LA pregunta que me permitiera entender todo porque él no iba a contestar las decenas de interrogantes que se me atragantaban en la garganta! ¿Fue el primero? Solo en mi vida. Pero hay una historia detrás de él, de su humanidad. Una historia que dice y fija que la mujer habla y el hombre hace. ¿De verdad podemos seguir así? Nada tiene esto que ver con ese dicho que me enseñó el mismo padre que solía callar: “Los pingos se ven en la cancha”. Por supuesto que los hechos son importantes, que las acciones muestran, demuestran, hacen. Pero hay que significarlas: nosotras, las mujeres, necesitamos eso.

Los distintos géneros —y no me permito la ignorancia de remitirlos a “hombres” y “mujeres”, pero solo puedo hablar de lo que transito— somos diferentes. Deseamos cosas distintas. Pensamos cosas distintas. Sentimos cosas distintas. Yo no soy de otro género, soy del que soy. Soy mujer y punto. Y sé acerca de mis necesidades. Las escucho en mis amigas, mis hermanas, las de por allá, las que están más cerca: todas estamos cansadas del silencio de nuestros hombres.

¿Saben lo que duele, muchachos? ¿Saben que un abrazo dos días después de una discusión, un abrazo sin palabra, no nos arregla el quilombo a nosotras? Y ojo, no se pongan a la defensiva porque no los estoy acusando de nada. Entiendo, entendemos, que eso es lo que ustedes pueden. Y todos hacemos lo que podemos… Solo me hago preguntas. ¿Qué sienten cuando están mirando un partido de su equipo, uno de esos definitorios o uno sin tanta importancia, y su mujer —cualquiera de nosotras— les alcanza un vaso de birra fresca en absoluto silencio respetuoso? ¿Creen que nos sale natural eso? ¿Creen que no queremos preguntarles cosas, sobre el partido o sobre lo que vamos a hacer mañana? Sí, hombres, claro que queremos. Pero nos abstenemos. Los respetamos. Muchas de nosotras podemos hacer ese esfuerzo. Entonces vuelvo a preguntarme: ¿por qué ustedes no pueden hacer el esfuerzo de la palabra?

Y la pregunta pareciera abrigarse con la respuesta: porque somos distintos. Porque la única igualdad a la que podemos aspirar es a la de los derechos. Y esto lo digo yo. No sé si es así. Yo lo siento así. Porque somos diferentes pero necesito decirles que, unas cuantas y yo, seguimos teniendo frío cuando nos encontramos con el silencio. Necesito contarles que duele mucho la falta de palabra. Que somos, las mujeres, también el resultado de una historia ancestral que nos lleva a sacar conclusiones allí donde no hay sonido de ustedes. Esas conclusiones suelen ser una cagada… Suelen ser destructivas. Lo reconozco. Lo reconocemos las féminas que están cerca de mí y yo. Y también quiero decir que nosotras, a veces, nos cansamos. Que el gesto no alcanza. Que valoramos “las flores” que nos traen cuando no las traen, pero nos dicen algo… algo. Que no da lo mismo un “estás linda” a que nos miren el culo de refilón. Que no es igual que hagan un esfuerzo a que digan un tedioso: “Soy así, vos sabés cómo soy”. Porque los compañeros sabemos cómo somos. Pero las relaciones son una construcción que requieren esfuerzo de todos lados.

Estoy cansada de escuchar a mis amigas comprensivas, a las que justifican. A mis hermanas. A las de allá. A las que están más cerca. Estoy cansada de mí.

Hombres: vengan a darnos palabra. Un poquito. Vayamos aprendiendo juntos a romper con tanto mandato de la historia de nuestra humanidad. Porque el silencio duele, muchachos. Y de la herida gratuita no se vuelve.

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