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Soy una persona que escribe desde que se acuerda. O, mejor dicho, desde el primer manuscrito que puede ver. Tenía 9 años cuando escribí esa historia de un amor trágico que solo le mostré a mi abuelo. ¿Qué me habrá dicho él? ¿Qué habrá pensado acerca de mí? No sé. No recuerdo nada de su respuesta, pero sí me acuerdo que solo a él se lo quise mostrar. Seguramente su devolución fue linda. Mi abuelo Jorge era un lindo de alma.

Pasaron casi 30 años y sigo escribiendo. A veces me preocupo y me ocupo por hacer una buena producción, un escrito digno, gramaticalmente correcto, ocurrente, original, bien adjetivado. Pero la mayoría de las veces, solamente escribo. Y lo hago para drenar, para tramitar aquello que se me acumula en el pecho, para trabajar mi historia. Y también, para qué negarlo, por mi tendencia al exhibicionismo emocional y por este puto narcisismo al que le gusta ser visto. Bueno, en fin, para qué seguir preguntándome por qué escribo. Yo escribo.

Y esta noche de agosto, fría y de truenos, quiero escribir porque lo que me cierra el pecho es pensar que es mi anteúltima noche con este gato que está en mi casa. No es metafórico lo de “gato”. En una era en la que “Macri Gato” es presidente, es difícil hablar de un “gato” sin connotación. Pero créanme: este es un gatito negro que maúlla, juega, se pega a mi cuerpo, me abandona al segundo, vuelve cuando quiere. Es un gato que se llama Ragnar y vive conmigo desde hace dos meses.

A Ragnar lo adoptaron cuando tenía menos de 45 días. ¿Cómo se llama a la persona que lo adoptó? ¿Qué rol cumple para él? Detesto eso de “dueño”. Prefiero hablar de “familia”, de aquellas personas, como el “papá” de Ragnar, que deciden, eligen, se comprometen a darle un hogar a un animal. Un animal que de toque tiene un nombre y al que se le proyecta personalidad y al que se extraña y al que se le da lo mejor que uno tiene. Eso me transmitió el papá de Rag. Eso me pasó a mí con este gato, y eso que yo no elegí adoptarlo. Lo que pasó es que su papá se iba de viaje, y yo conocía y quería al gatito, y fui yo la que le dije que viajara tranquilo porque al gato lo iba a cuidar yo.

En el medio entre ese decir mío y el día que llegó Ragnar a casa pasaron muchas cosas. No quiero recordarlas ahora. Porque ya pasaron. Porque no sé cuánto tuvieron que ver con esa noche primera, fundante, en la que el gato y yo estábamos solos en casa. Fue un sábado. Su papá se había ido y no lo veríamos por muchas semanas. ¿Lo íbamos a extrañar? ¿Sabíamos lo que eran 5 semanas sin “papá” en el mismo continente? Así estábamos Ragnar y yo. ¿Me creen si les digo que me dan ternura mis miedos de esa noche primera? Yo nunca quise a los gatos, me daban miedo, no sabía cómo podía reaccionar este… Me da ternura recordarme entregada a lo que él iba haciendo…

Esa noche pasó y hubo más días. Muchos días cotidianos, ordinarios, sutiles, intensos. Días míos en los que el gato siempre estuvo presente. Desde el día que le grité: “No veo la hora que vuelvas a tu casa”, hasta hoy, que le saco fotos en el piso. Porque estaba en el piso con él. Porque estábamos jugando. Porque ahora vinimos juntos al escritorio. Porque ahora escribo acerca de él mientras duerme en mi falda. No estoy cómoda, claro que no. Estiro los brazos en un arco que es incomodísimo con tal de no molestar su descanso y su ronroneo. Privilegio su comodidad a mi bienestar físico. Yo, la que dejó de creer que el amor es entrega pura, la que cree que todo es una negociación, me entrego a amar a Ragnar mirándolo a los ojos, sintiendo sus momentos de placer, siendo feliz con ellos.

Él se va en 48 horas de mi casa. Su papá lo espera con un hogar nuevo, más grande, más luminoso, más divertido para este gatito que disfruta de trepar y correr. Su papá lo espera y yo no soy forra frente a eso. Yo celebro ese amor y voy a llevar a Ragnu a su nueva casa, al lado de su papá, el que lo adoptó, el que lo extraña.

Pero hoy, esta noche que escribo y sé que tengo que seguir laburando, disfruto como perra con dos vaginas que él, este gato que me enseñó tantas cosas sobre los misterios del amor, este enanito negro que me alegra el llegar a casa, esté descansando sobre mis piernas. Ay, Ragnu, cómo te voy a extrañar, chaboncito. Me niego a escribir sobre vos cuando no estés habitando este hogar mío. No quiero. Vos SOS. Vos estás siendo. Nos disfrutamos. Saco las manos del teclado… Te acaricio ahí donde me enseñaste que te gusta, escucho tu ronroneo y sigo. La vida sigue… Y sigue. Y sigue. Gracias, enano peludo. Te voy a extrañar mucho. Mucho. Un montón.

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